viernes 30 de octubre de 2009

De Imanes y mandados...

-Es extraño, me respondí al llegar a casa, mientras sacaba de sus bolsas a los apurones paquetes de arroz y latas de arvejas y los guardaba percatándome recién ahí de que ya eran demasiadas, qué me importaba pronuncié, daba igual, si a las latas de choclo ni las vi y de los fideos me olvidé. Iba guardando sin saber donde meter las bolsas que caían desperdigadas y vacías, las cuales no pensaba doblar dejándolas como felices estorbos. Al sacar la yerba que indecisa me resolví a llevar “la que sea” -en aquel apremio de llegar a la caja, apremio que antes parecíame sin causa y ahora confirmaba- terminé por convencerme; algunas de las veces nos resultamos en imanes, y rodando sin frenos vamos, amalgamándonos en una combinación de gestos. Alucinados. Así, colocando cada cosa en su lugar, recordaba otras reconstruyendo lo reciente, dejando caer los panchos junto al yogurt y los huevos en un “así nomás” deseosa de poder detenerme por un rato a saborearla, recién nacida, mojándola en mí café entre pensamiento y pensamiento.
Qué delicia musité mientras encendía el fuego y colocaba la caldera, poco agua me dije, pero la suficiente, ¿para qué más?
Al tomar la taza de camino a la mesa iban resurgiendo intrigas que venían a acoplarse a las sensaciones que pujaban por permanecerse intactas, bañándome con sus propias intrigas, manteniéndome el latido en la caricia del recuerdo.
¿Cuántos tiempos cabrán dentro del Tiempo?
¿Cómo pueden, días enteros de nuestra vida, así estén hechos de recortes, caber en un instante de recuerdo?; o tal vez, se me ocurrió dudar ¿Cuántos minutos han pasado ya, entre tantas cosas, mientras yo me mantuve tan sólo recordando? Pero no, no, si no hay dudas! no los suficientes para ser simétricos, no lo suficientemente recortados para abarcar la misma distancia de tiempo.
Y además, ¿Cuánto más larga es ahora la sonrisa aquella? Esa que vino al auxilio en la cola del supermercado no hace más que un rato, cuando la espera no esperaba un paisaje distinto, una hamaca, una playa para andar descalza garabateando huellas, cuando la espera ni soñaba con la suposición de volverse momento.
Esa, la que aún me acude, la que será evocada cuando los segundos comienzan a hacer rondas en fuga. Cuando el tiempo amenace con volverse agua, mientras, yo, al alzarla, me disuadiré de exprimirme en el aceite del bostezo que a veces escala mi desgana.
Esa, la que hará de viajante sin mapas, extraviándose en mí, cuando nada cautive mi atención, al menos para llevarme luego a pensar en otras, como ahora, que me he vuelto a preguntar tantas cosas.
Esa sonrisa es como un chicle en la memoria, pensé y no tuve más que reír.
Se multiplica en sí misma hasta que llega a ser enorme. Esa que es la misma pero distinta, guardando intacto el latido de mis pupilas en el preciso instante donde éstas fueron empoderadas como depositarias incondicionales, privilegiadas en la misión de volverla a existir, reavivando ese gesto breve, tan suave, pero tan cornisa. Gesto atrayente, diligente a volverme equilibrista para hacer volteretas en la comisura de sus labios de aire.
Sí, me digo, mientras me distrae el silbato de la caldera y comienzo a prepararme el café y voy volviéndolo de azúcar; esa sonrisa fue mil veces más fugaz, más pequeña, más imperceptible que la que ahora recuerdo. ¿Será que el recuerdo la ensancha, la estira, la vuelve enorme duradera? es la misma, pero entiendo, es también distinta, en ésta, en la que recuerdo, estoy yo, mi yo tentado, mi yo encantada. Ésta es la resurrección de aquella en la mía que resurge, devota, como inesquiva retribución a ese don de cultivar.
Porque sí, me digo consentida en mis antojos, una se puede quedar ahí al menos por un rato, en ese segundo extendido, encendida entre dos labios que se extienden cuando son visiblemente inocentes de su seducción. Incandescentes.
Aquella sonrisa despierta otras, mía cada vez, cómo si se tratara de eso, de volver a vivirlo a como dé lugar, frecuentándola en ese espejo que soy cuando recorro memorias.
Esa que me acude se reconstruye tan perfecta, con una intensidad tan puntillosa en los detalles que no dejo de sospechar que en parte está madura de invención, como una trampa del olvido que se jacta –repletándola- de ser mejor ingeniero que la memoria, en el recuerdo.
Pienso luego -reflexiva- que viene esa ingeniería montada desde lejos, a pesar de que haya dejado de ser futuro hace muy poco, pasa como un tropel en este tiempo que transcurre y lo rellena, hincha con sus horas de instantes los segundos, surte lo que hago con sus gajos de naranja untados en imágenes de chocolate, cuando tan sólo me parece que revuelvo, o que me levanto como ahora, encomendándome a algo que al llegar seguramente olvidaré, lo surte y mientras lo boicotea, lo completa.
Algunos dicen que lo único que tenemos es el presente; otros, que éste no existe porque a cada instante ya es futuro que se recuerda. Yo no sé.
Qué ingenuidad pienso, me sorprendo de esta idea y entonces me pregunto ¿Quién? ¿El tiempo? ¿Yo o los pensamientos todos?
Bag No importa, allí viene otra vez enlazada esa sonrisa, por Dios! No puedo dejar de repetir en su antesala, qué delicia, y me convenzo -esa sonrisa no es ingenua, estoy segura, no, no lo es.
Es sin dudas una astucia del futuro que se cuela en el presente ambicionando existir con sus intrépidas provocaciones, con esos exquisitos tres puntos suspensivos que vibran trépidos en sus emociones, como notas suspendidas en el aire, en el aire que es libre cuando se vuelve viento, como el pájaro que se sabe libre cuando lo redobla en sus direcciones y en su vuelo viento ya es de aire pájaro.
Porque sí, esa sonrisa ya es de pájaro en mi memoria de viento. Ella se puede quedar un rato en mí, consentida en sus antojos, porque ningún tiempo la cautiva y es ella la que lo captura todo y al tiempo mismo, desalineándolo, jugando a rearmarlo en mis sonrisas que se ensanchan una detrás de la otra y la persiguen, como si en vez de sonrisas fueran niños que juegan a esconderse y a encontrarse. Puede quedarse sí, claro que puede quedarse! mezclando en mí su brebaje de gestos -inmensos y efímeros- componiendo en una pócima El Tiempo entero.
Esa sonrisa no es de pasado cuando llega.
Esa sonrisa es de presente inconcluso, es futuro que no se acaba. Esa, la que llega, entiendo, no es la misma que aquella y sin embargo la completa.

¿Cuál será la eterna?

domingo 25 de octubre de 2009

Hoy podemos dejar de ser un pueblo de "solos"

Desde hace muchos años en mí país la impunidad está legalizada, la justicia caducada bajo el título de Ley. Se exhortaba en nombre de la paz a la guerra del olvido. Un olvido negro, repleto de encierro, de destierro en un ahogo insoportable, llenando de gritos la mediocridad de una paz simulada que, como estandarte, promulgaba "aquí no ha pasado nada", que nos convertía a los uruguayos en los monitos del proverbio, nadie vio, ninguno oyó, nadie dice una sola palabra que, alejados de ser sabios, nos dejaba babeándonos en un parapléjico "ignorando".
Se nos quiso hacer creer que la vuelta de la democracia dependía de hacer desaparecer el derecho a la verdad, de velar la historia, de restarle su único sentido a la justicia. Como si dar vuelta la página no leída fuera posible, como si con guardar las fotos en un cajón bastara para continuar sin preguntar ¿dónde están?. Como si amar y doler a lágrima viva fueran cuestiones de estado; y lo triste, lo verdaderamente tristísimo, es que muchos lo creyeron.
Se decretó que los desaparecidos no existieron, como si pudieran sacarle eso, su identidad, sus momentos vividos amados y sufridos.
Como si los seres queridos pudieran sacarse a decretos de la memoria.
Años atrás, como hoy, este país, intentó recuperar la dignidad, la honradez y la memoria. Intento asténico por el cual no se llegó a pronunciar la viva voz de aquellos que ya no podían votar ni contar ni quitarse la tierra de encima que amortajó su libertad; dejando trunca la esperanza en un Voto Verde que no llegó, que no logró desmembrar la política del terror de un silencio ciego, sordo y mudo. Silencio que relegó a los uruguayos a la manquedad de no poder dar un sólo paso hacía adelante sin sentir que todos llevamos la venda puesta. La injusticia, esa venda -la peor de todas- que nos asume como imposibilitados de ver al otro y viceversa y por ende nos deja solos. De no poder mirar al futuro sin sentir la verguenza soberana de haber elegido dejar en veda a la verdad (porque la verdad ya pasó aunque no se sepa bien quien la tiene debajo de su alfombra) votando desde el miedo en un sálvese quien pueda, votando un yo ni vi, un no escuché, no sé decir ni pronunciar "nunca más".
Votando entonces ser un "democrático" pueblo de "solos".
Ahora estos solos que somos, que hemos sido, tenemos la oportunidad de no volver a serlo, caducando juntos a la impunidad del silencio y su ley de caducidad. Podemos y debemos, en esta mañana de sol, de Elecciones Nacionales, ejerciendo nuestro derecho de elegirle un rumbo político a los Derechos Humanos, a la igualdad social y cultural, aspirando a la promoción de una economía humanizada; devolvernos también la dignidad en un "Sí" junto con el sentido de ser uruguayos.
Por un País que se construya a sí mismo desde la memoria, para que la verdad y la justicia se vuelvan sinónimos de pueblo, reivindicación y lucha; para que al silencio, como lenguaje, lo dejemos para otras cosas...
... y los futuros 20 de mayo sólo sean para que cada cual, de la manera que elija, recuerde que no es de olvido, sino de memoria, que la dignidad de un pueblo va elaborando y escribiendo su historia...

jueves 1 de octubre de 2009

Voy yendo al grano...

Cada momento es granulado, está repleto de semillas; sé, estoy en ese pequeño grano de la imagen, pero lo cierto es que además de eso que me está sucediendo, están sucediéndose muchas otras cosas, suceden sin mí, en otros paisajes del tiempo por ahora; que quizá no lleguen a ocurrir si no me decido a estar dispuesta a hacer con ellas lo que "ellas" laboriosamente vienen preparando a mesa servida para mí.

Mis emociones, mis deseos, esas, las abejas de mí destino; lo cierto es que no puedo atraparlas para entenderlas, no puedo sin detenerlas en la conciencia de que recogen y transforman conmigo y sin mí, desde dentro hacia afuera y viceversa, sembrando futuro. Menos aún saber desde cuando vienen, de que lugar del pasado me vienen trazando panales; en su labor, latentes o manifiestas, pero sin pistas, o mejor aún, despistándome, tejiendo sorpresas.
Me he pasado la vida que vengo trayéndome pretendiendo entender.
¿Para qué? es que acaso entiendo y luego existo?
Hoy, llegando al arribo de muchas preguntan que confluyen en simétricas respuestas, concluyo; soy el qué de todos los porqués -y cualquier "para qué" tiene su cauce, simple y no siempre en aguas calmas ni claras, respondiéndose en una nueva pregunta que será distinta -y a su vez- la misma; ¿Qué quiero?
Me parece, al proponérmela, que es una pregunta "bobalicona", ya sabida de antemano, y es efectivamente así, pero no siempre la respuesta que se presenta dibuja la verdadera dirección de lo que hago. Voy al grano y de una vez por todas, pensando sinceramente, ¿Estoy preparada para abrirle la puerta a lo que creo querer?
La clave estará siempre en qué siento cuando quiero lo que quiero.
Porque esto que me está sucediendo es la puerta para dejar entrar, para tener las manos que le darán la forma a eso que está sucediéndome sin mí, por los costados que no veo de todo aquello en lo que estoy siendo partícipe, que no puedo detener ni apurar, que no logro discernir ni pronosticar "en absolutos" pero sí tratar de adivinar al desear, o que también puedo perderme dudando, pretendiendo evitar o atrapar, puedo, si me detengo, si me olvido de querer, no dejarme alcanzar...
Hoy voy a trucar muchas preguntas, tantas que han sido inquilinas morosas, por una sola, informulable, esa que sólo puede ser pronunciada en los latidos de cada cosa en la que me vierto entera para hacer...
hoy me desentiendo de tantos entendidos para comenzar a detenerme un rato cada día en mí, para ser mi cómplice sintiéndome en lo que quiero.
No hay nada que atrapar; voy yendo al grano, sembrándome.
O Simplemente voy yendo; dejándome alcanzar...

sábado 29 de agosto de 2009

Ellos saben...


Cuando él le dice aunque sólo lo sonría;

...Ahora entiendo con cabalidad el sentido del silencio...

Ella sabe, entiende, ya no sirven de escondite las palabras.

Cuando ella le adivina que él ya estará por pronunciar su “en qué piensas”; y susurrando imperceptible; intensamente, le musita

...Siento...

Él ya sabe, está seguro, ella simplemente lo está oyendo.


Cuando ella rebozada desbordante, se acurruca en él, cobijada en el recodo que se forma entre el brazo y el torso y éste la reclama; descubriendo su pelo, delineando su rostro, aliando la yemas de sus dedos como espías, averiguándola. Ella se deja descubrir y se vuelve gesto para atestiguarle, sin respuestas, al que la requiere y la investiga;

…no es nada, tan sólo me dejo sentir a salvo por un rato...

Él, concibe, y con una precisión momentánea e incomprensible si lo piensa, lo presiente;
A salvo de la vida y de la muerte...

A salvo de lo breve, a salvo de lo eterno, a salvo simplemente

…por un rato...


Cuando se diseñan con los dedos como jugando en arabescos sin saber porqué sin preguntar siquiera

en cada espalda, un pentagrama y abren un paréntesis...

Ellos saben que despejan un Antes reduciendo al infinito la conjugación de un Después que los preside sin respuestas…

Ellos saben, están revelando con exactitud Todo lo que cabe en un mientras cuando Nada importa.

Aunque dure lo que dura El tiempo en un lapso del Silencio.
Y cuando él la acaricia, ella se evapora arriesgada en su cintura

y como si fuera efervescencia pura, se le escurre y le recorre, como si estuviera hecha de frescura

y con burbujas se fuera dejando en huellas toda ella.
Cuando él la captura, atreviéndola, ávido de caricias en sus hallazgos

Cuando ella se le adhiere como una segunda piel prendida a su curvatura que se enciende;

y las miradas se entrelazan, se mecen suavemente, derrochándose.

Ellos saben, se encontraron.


Cuando ella pareciese que le dice

…tu humedad es como crema, es una savia que remoza cada uno de mis poros…

y de ese modo desliza su mano desde su cara por su hombro a su cintura,

él en ese instante, erizado,

se calla un …qué delicia, en la premura, tu sonrisa!

comisura extraordinaria del deseo, miel de mieles, almíbar del zumo de tu risa…

Cuando entonces ella a tiempo, consecuente, naturalmente, ríe.

Él, Embebido de maravilla relamiendo la extrañeza

Inmediatamente le empapa de besos la risa, e irradiada la mirada

le devuelve como si él fuera su reflejo, inmaculada, su belleza.
Cuando están girando entre los dados de los dedos

del destino que ahora se resume a esa danza de los ombligos que se miden

del pelo de ella que los lía mientras él la circunda atrapando sus sentidos con sus piernas como remos.

Entonces ellos saben…

están a salvo por un rato.

Entonces ellos saben…

La eternidad es ese pacto, y como condición, se esfuma.


Cuando él le diga... estamos fuera del tiempo ¿lo entiendes?

-y él se lo dirá- ella lo sabe.

Sonreirá convencida afanándose, es igual, exactamente, que decir...

...en el mismísimo centro
…del milagro
…de lo inmenso
…de lo efímero que se burla del tiempo y sus vaivenes repentinos y concéntricos.
…De lo eterno que se ríe de ser breve, de sí mismo, de su perpetuidad que no se rinde ni se obtiene.

Ellos saben…

Basta un instante completo para entenderlo todo;
Y para que ninguna comprensión valga la pena.


-Quiero escucharte decirlo...

Puedes mentirme si fuere necesario, que sea del revés, así es más fácil…

y se adelanta...

-Si vas a mentir, esta vez, que sea sin palabras.

Al cabo de unos minutos él le alega…

- para El silencio, mentir, es lo único imposible; ya lo ves...

Al cabo de sus ojos que se inquietan, ella no responde, como si le dijera

…ya lo sé...

...porque ante todo; ellos, se saben…

jueves 30 de julio de 2009

Desatascando soles

Me sucede que a veces siento como un pálpito que es más bien un palpitar. Algo así como si al respirar inhalara la levedad que se le escapa al respiro de las cosas; y la vida entonces se me presenta revelando un convencido sentir -tan descabellado y absurdo como preciso e irrefutable- de que así, como es, el Todo de la vida está bien. Es como si ésta se abriera en un rapto de espontaneidad repentina, exhalando un perfume corpóreo, de piel amante y en esa evocación exquisita, abrasadora, se dejase abarcar en un abrazo colmado y sutil, en una entrega completa hacia la complacencia de sus ansias.
Y así cuando camino respirándolo todo, y con lazos íntimos voy capturando el alrededor, desenredándome los árboles y los pájaros, arando mis pasos, sintiendo livianos los pies y los párpados, desperdigando en migas mi cansancio, descalzándome del arrastrar y pretender desentrañar lo desentrañable, así cuando camino desabrochando apuros, dejando caer mis vestiduras al suelo a la vez que desato mi pelo y libero, siento algo así, tan parecido y reconciliable, como -sin excusas- ser feliz.
Suave y simple a veces la belleza se me presenta en sus descomunales e irrepetibles renacimientos; y la vida -esa marea- me balancea en el detenerme a amarla, por ese rato, que dura lo que dura un “mientras” en el instante calmo de su calma; y me dejo subir sin peso, cariñosa, a la cresta de su ola, sólo para verla entera, con esa fascinación con la que se contempla el mar y sus misterios, y a su vez éste nos adentra vaya a saber una si por ósmosis o qué fenomenología de lo profundo, en las sendas de los nuestros.
Porque si la miramos bien, nuestra vida se nos parece y asimismo el mar siempre nos invoca.
El Amor es lo que nos sucede cuando abrimos las puertas, y la luz que entra a redibujar, a redescubrir, nos seduce y nos tienta en la osadía de seducirlo todo, hasta sus sombras, que son la viceversa del revés, que es a menudo la cara con que se nos muestran desnudas en la timidez de las cosas; esas cosas que vemos y en la cotidianeidad, henchimos y desvanecemos, que vienen y van -y en ese vaivén la espuma de lo sentido- al rozar moldea y nos modela en el traer y retraer de lo vivido.
El amor es uno, con el mismo amor que preparo una taza de café humeante, con el mismo que amo el oscilar de una hoja haciendo rondas en la mitad de la calle o junto los zapatos y juguetes de debajo de la cama mientras le acomodo la cobija, así amo la tristeza de la pupila que me acude, amo la pasión que me despabila desterrándome del letargo acaecido de las cosas, pasión que me avienta y me destapa, que me escapa de la monotonía de montar enceguecida en mi desidia, cuando aterrizo embadurnada de pereza en el fastidio, cuando me olvido de admirar amando lo que vivo. Cuando amo lo que amo –cuando odio lo que amo con todo el brío de mi amor- con ese amor que se reenciende -incluso y sobre todo, que es lo imprescindible- en mis flojeras del amar; cuando amo, respiro la vida, y es allí cuando comprendo que hay un misterio intacto en la esencia de mis manos... con ellas hago el amor, elaboro mi amor dador, con ellas es que abrazo a la mano que besa lo que hago y también aquello que con amor no hago por amor...

Amanecen a menudo en mí los indispensables, los insustituibles atardeceres...
Atardecidos amaneceres que en sus silencios llenan mis lunas nuevas, desatascan soles y despierto, temprana, amaneciendo en el despertar de las cosas que respiro…

viernes 10 de julio de 2009

Llueve... ; ¿Y si fuera la cadencia... ... ... ...? Entre gota y gota me existo yo...


Llueve.

La lluvia se deja caer, como susurrando gotas, como desparramando charcos, como lanzando ronquidos, bruñendo carraspeando -algunas veces quejas- otras orquestadas revueltas, susurrando indultos, pestañeando permisos, respuestas, consultas, maneras; maneras de resultarse en sonidos o de resolverse en sus propias indispensables cadencias.

La tarde amaneció para mí respirando humedecida; de alguna manera la noche fue la primera mañana; y desperté con los mismos pensamientos que, enredándose desconcertados en aquellas claves de soles engarubadas en las primeras penumbras, me adormecieron entonando -sin concierto- una inconclusa sinfonía de una etérea partitura que cual nota extendida merodeaba yo.


Llueve.

Entre dos caminos, creemos en la más ilusa de las aspiraciones que elegimos entre correcto e incorrecto.

Entre el hacer o no hacer alguna cosa, entre hacer esto o la otra, creemos que en la elección, acertaremos o no.

Pues creo que se elije muchas veces entre dos errores y otras tantas entre dos aciertos y la mayoría de las veces, lo que elegimos, es un acierto error al mismo tiempo dependiendo del aspecto que tengamos de referencia para esa categorización. Visto de ese modo, elegir entre dos errores, implicaría el esfuerzo de ver cual es el modo de llevar a cabo, de la mejor manera, a uno de los dos, equivocarse lo mejor posible sería la cuestión a resolver y no ya el supuesto elegir bien o el opuesto elegir mal. Visto de ese modo, me explicaría el porqué creo haberme equivocado tantas veces. Visto de ese modo me explico porqué me cuesta tanto valorar el acierto en el error o mis destrezas al equivocarme acertadamente de la mejor manera posible, ya que si pretendía elegir entre equivocarme y no -pretendiendo acertar ante una disyuntiva que no me da a elegir en ésta perspectiva en realidad, y que además, siempre habrá, substancialmente, algo de acierto- estaría frente al único error (de entendido) que puede estar a mi alcance evitar; entonces, en esta nueva expectativa sin aspectos exigentes rayanos a pretender ser titiriteros de un destino impermeable, lo que haya de atino, no se ahogará en la decepción de un erróneamente evaluado error, habiendo así, una sola concepción de errar. ¿Voy yendo, erradamente? Visto como paisaje, los momentos en los que transito vagabundéandome, no son ni acierto ni error, sólo hay en mi modo de errar una particular manera de viajar. Voy errante, no errando.


Llueve.

Y el cielo no se equivoca aunque no llueva según las necesidades de la cosecha.

Llueve, y si fuese un error de la naturaleza, ésta no se echa en cara la falta de puntualidad, ésta sabe sin que le sea menester pensar ni calcularse, que en definitiva la pérdida del trigo responde a algún equilibrio o desequilibrio preciso que, sin refutación ni veracidad posible de adjudicar a sus resonancias, responde a su latido, como un eco de sí misma, cómo una continua provocación necesaria y no como una necesidad. Y no digo resonancia azarosamente entre los términos disponibles, no. Si hablamos de La Naturaleza no es ajustado hablar de repercusiones, aunque el hombre se siga creyendo eje, no dejará de ser parte. Hay algo de música en las diligencias de La Naturaleza.

Y también la hay, Naturalmente, en la vida que llevamos los hombres y mujeres que poblamos, siendo La Humanidad de un momento, que bien podríamos ser vistos del modo en el que apenas y nada menos somos los resoplantes de un segundo, dentro de un tiempo vital que, en lo cierto, nos trasciende; y esto viviéndolo en la finalidad de trascenderlo. Que nos traciende es válido para cada uno de nosotros, válido de todos modos para -aquellos otros- los ya venidos, (vago consuelo) y lo será incluso para los otros aquellos, los que vendrán (tenue lenitivo). Si considero que soy un susurro un suspiro un resuello, un pestañeo o quizás un bostezo, un gemido, una queja o una risotada encendida sin chiste previamente comprendido sin entendedor posterior; o incluso sólo parte de algunas de éstas resonancias, como si fuera un coreado improvisado, un conjunto de conciertos sordos al unísono, una ronda de instrumentos al oscuro ¿Qué nota sería la acertada? ¿Cuál la errónea? ¿Cómo saberlo? Si no escucharé la canción porque para ser nota, resueno y soy "tempo" para resonar, esa es mi función. Participo de algo que no ensayaré, seré sonido una y otra vez, entre sonidos, y se hará concierto y sólo escucharé mi parte de la copla, mi cadencia propia, y de lo otro, el eco, la vibración. ¿Quien será director? ¿Habrá Dios? La eterna pregunta del hombre. La más momentánea de las respuestas sería ante esta cuestión ¿Será necesario un director para que haya canción? Si lo más parecido que ha habido a un público que la escuchase toda, sería la idea de Dios. Reformulo la pregunta, ¿Habrá habiendo un Gran Expectador para la Gran canción? ¿por qué me queda un sin sabor?


Llueve.

Son gotas. Tantas que no podría cantarlas. Son tantas, que para nombrarlas juntas las digo lluvia.

Soy gota. Soy nota. ¿Y si fuera cadencia? ... y si fuera cadencia... ese hilo finito de tensión en la vibración...

Hago canción entre canciones, y sin embargo, mi canción entre El concierto... ¿Qué cadencia vivo yo?

No dejo de preguntarme, me pregunto, cada vez que me detengo ¿Qué nota hago yo? por las dudas, para que no me quede en el silencio varada la pregunta ¿Y si fuera la cadencia?

Ahora, cualquiera de ellas, la nota y su ausencia, no podría ser acierto ni error, sólo precisa. Desde la partitura del aire, exacta a la cadencia y a la entonación de ese segundo en donde vivo yo.

No soy lluvia. Lluevo.

Voy gota a gota siendo parte de la entonación, voy lloviendo notas, y entre gota y gota, también existo yo; notas risas, notas llanto, notas llamas, aletargadas notas. La canción que vivo, quien la escuchará llover, esa es la cuestión. Me respondo, completa, al menos, yo ¿Y por qué me queda un sin sabor?

jueves 11 de junio de 2009

La fantasía... esas abstra-acciones

Lo enigmático que hace al otro visible por lo invisible, lo que lo vuelve deseable, es su condición de inimaginable; que le da la forma para la mirada que lo captura -y que es a su vez en esto capturada- de planeta inconquistable incluso siendo seducido.
Su ajenidad es lo que lo hace portador de las fantasías, fantasías estas que son un cúmulo de lo propio, que se aventuran a contornear lo otro y lo del otro, a poseer lo inapropiable, traspasarse fantasiosamente al terreno de lo intransitable.
Fantasear es suponerse develando los misterios que son sugeridos vestigios y se entrevén como desvistiéndose detrás de una persiana o de un biombo ribeteado, que con sus tramas nos invitan -nos imponen de cierto modo- a completar la imagen, la idea de ese Todo inabarcable que es el otro.
Las fantasías nos invitan o tan sólo nos tientan a investigar las semejanzas y diferencias ansiando la coincidencia; pero al cabo, no habrá comparaciones posibles. De ese modo las semejanzas no serán tales y las diferencias, todas. La coincidencia entonces se inventará a sí misma, sin paralelismos, trajeándose con su carácter visible; La sorpresa.

Allí donde lo propio no alcanza para imaginar, donde no es posible determinar en lo reductible, donde el entendimiento no basta, surge lo deseable.
Quizá lo comprensible y lo conciliable de la idea que se va construyendo al compartir, aquello que entendemos reconocer, sea lo que nos permita desestigmatizar lo desconocido como foco de temor y transforme ese desconocer en ansias de aprehender comprendiéndolo, como un impulso arponero que en realidad te envuelve en el desvelo de influenciarlo, como un primer motor de invasión de lo ajeno que, develado, se traduce en una necesidad de ser invadido a su vez. De ser habitado. Donde el otro es bitácora, testigo y actor productor, de nuestro pasar por lo “Nuestro”.

Al fantasear nos procreamos emociones fecundándolas en construcciones de momentos compartidos que, son en realidad, consigo mismo. Monólogos en el espejo, escenas donde -cual guión improvisado- nos vamos intercalando en esos protagónicos falseados, puesto que difícilmente somos esa fantasía que se suscita de nosotros mismos. En la fantasía no se haya lo imprevisible, lo influenciable de lo que se percibe ajeno-compartido, y es entonces cuando nos descubrimos inimaginables, es entonces cuando la conjunción del momento se nos presenta como inapropiable y es en este descubrirse “por conocer” que surge lo deseable.
Las emociones fantaseadas tienen como particular que están hibridas de saberse generadas por acciones abstractas, son momentos móviles y por ende no vividos, son sentidas desde lo no vivencial.
Esas emociones que vienen a saltar las distancias, vienen, por decirlo de algún modo, para saciar lo insaciable, con prescindencia de lo imprescindible, y devenir así, a lo inexistente en asible, haciéndolo dentro de sí. Esas emociones que se funden en la compañía en la tramoya y la soledad melancólica, que nos decepcionan en lo iluso de lo ilusorio que al cabo no complacen al deseo, y por ende no lo extingue, sí lo regeneran, siendo esto último lo que nos predispone a sentir al compartir.
El fantasear reaviva el deseo de vivir lo deseado, paradójicamente, canalizándolo en "inconsumable" suceso consumado; entiéndase que ambas, inconsumable-consumado, que pareciesen entrar en contradicción, no se anulan una a la otra, por ser ambas una ambivalente condición intrínseca del "suceso" imaginado. Lo deseable surge allí, en el asombro de que el otro es -en realidad- inimaginable, al descubrir que lo compartido es conquistable pero no movible, y que justamente es este cogobierno en la creación lo que nos incita a la fusión de fantasía-realidad. Creación que tiene la maravillosa facultad de ir creándonos en cada tramo mientra nos adiestra en el arte de vivir el tiempo, la más maravillosa de las creaciones, la del Momento.
Y considerando al Otro, al fin y al cabo, como un Todo incomprensible en ambas acepciones del término, pero dable a conocer como el mismo y distinto cada vez, y por ello deseable, me animo a proponer que fantasearlo es inventarse al revés;
Fantasear es iniciar la búsqueda de “La imaginada” al saberse desconocida ante el asombro del encuentro con lo inimaginable.

Y todo este entretejido que intenta intelectualizar -imposible al fin y al cabo- las hiladas emociones y sus tramas, es para decir que sí;

Me envuelvo en este asombro, para nada abstracto, de desear sin comprender cual es el misterio que me enciende y me mantiene prendida, palpando a tientas el palpitar de lo invisible, seducida...