Cuando pinto suelto garabatos, dejo salir eso que hay reverberante en mí, lo vomito. Luego, prolijamente le doy forma y lo deformo, podría decirse exagerada y verdaderamente que lo borro con detalles. Eso hacemos cuando hablamos. Le vamos dando forma a lo que somos, nos deformamos en palabras, siempre imprecisas pero demasiado acabadas para tanto inacabable junto que llevamos dentro. Acotadísimo se desparrama -entre palabra y palabra- lo poquito nuestro que fue saliendo. Un inexpresable silencioso tímidamente irrefrenable -entre tanta multitud de formas y bulliciosos conceptos ávidos de contornos- eso somos.
Algunos podrían preguntar: porqué entonces continúo el dibujo, el trazado, el insobornable artilugio. Es que eso también somos. Un continúo y vano intento por acabar lo inacabado, por reformar lo sin forma, por desmantelar sinuosidades con brumas, repletarnos de borrosas líneas y nítidos borrones.
Todo queda debajo -incluso en el instante antes- de la imagen inmirable, permanecida en lo profundo, irreproducible e irrecordable de los garabatos del comienzo. Somos asimismo esas líneas que vienen luego y que en un esfuerzo antihumano trazamos para unir esos cuantos miles de puntos -distantes y cercanos- que somos; esclavos solícitos de este pueril artífice, de esta tendencia inexpurgable, y que, como si fuera poco, en gran medida nos desconoce.
Cuando hablamos, pintamos lo que somos incansablemente, atenuados en nosotros, exhaustos, impotentes buscamos nuestros contornos en los otros, y lo peor es que los otros no hacen otra cosa que definirnos, deseables o indeseablemente. Pero lo tremendo, lo tremendísimo y risible del caso es que, verdaderamente y la mayoría de las veces, al hacerlo no nos necesitan para nada… no sé porqué entonces malgastamos tanto esmero!
Queremos decirnos, eso es cierto, para qué negarlo, si casi todo lo que hacemos consiste básicamente en eso. Atraparnos y devolvernos. Completar nuestra imagen, que son tantas imágenes yuxtapuestas, tangenciales, puntos en fuga en sus interfaces, ángulos en los ángulos, segmentos infinitos en los cuatro puntos cardinales de las abstracciones que nos hacemos -impunes y hasta ignorantes- de nosotros mismos.
Mas una cosa se me aparece y es que realmente: más que ese primer vómito de difusas y confusas y resueltas líneas que mancharon conquistando el absoluto blanco del papel cual simulacro de la nada, somos ante todo, el constante intento.
El intento de decirnos.
El intento de completarnos -de darnos forma- en los otros.
El intento de dejarnos ver, de ocultarnos, de atraparnos y devolvernos.
En suma, ese intento tan corriente y tan humano, inesquivable, de ser ese acabado ese que se pliega cándidamente por encima de la Nada.
Somos, ahora que lo pienso, quizá más somos, en la imagen visible, la de arriba, la última que vuelve imperceptible y profundo -y por eso mismo más invisiblemente intenso- lo que somos, en tanto no se mire la imagen misma, sino se presientan las ansias que en esta latieron -convulsas y desenfrenadas- queriendo asirse y salirse, aún profanándose a sí, a conciencia, e imposiblemente.
Las palabras que decimos son palabras y algo más que no se sabe…
Los intersticios de nuestra respiración que hurga y extrae, los silencios con sus balbuceos, las miradas intensísimas que no pensamos que decimos, los enigmas que despliegan en la hondura todos los gestos al unísono -que son nuestros mejores garabatos, nuestros mejores vómitos- en los cuales arrancamos de nosotros mismos algo de ese algo y a los cuales luego, inevitable y torpemente, deformaremos en ideas o pensados sentimientos al hablar.
En esos resquicios germinamos nosotros en los otros como si fuéramos semillas o lentejas o porotos, a menudo sólo en estrechos algodones, y en otras, intrigados, maravillados, a la vez, encantados y asustados de tanta tierra! y entonces -con ese gustito amargo y dulce que tienen las sospechas- nos llega un tropel de vestigios y pálpitos y ráfagas que nunca terminan de traspasarse y trasmudar su lenguaje a la conciencia, de que: en algún lugar estamos, de vez en cuando en nosotros mismos, sólo a veces crudos de plena desnudez, y que, sobre todo, rara vez somos…
Los intersticios de nuestra respiración que hurga y extrae, los silencios con sus balbuceos, las miradas intensísimas que no pensamos que decimos, los enigmas que despliegan en la hondura todos los gestos al unísono -que son nuestros mejores garabatos, nuestros mejores vómitos- en los cuales arrancamos de nosotros mismos algo de ese algo y a los cuales luego, inevitable y torpemente, deformaremos en ideas o pensados sentimientos al hablar.
En esos resquicios germinamos nosotros en los otros como si fuéramos semillas o lentejas o porotos, a menudo sólo en estrechos algodones, y en otras, intrigados, maravillados, a la vez, encantados y asustados de tanta tierra! y entonces -con ese gustito amargo y dulce que tienen las sospechas- nos llega un tropel de vestigios y pálpitos y ráfagas que nunca terminan de traspasarse y trasmudar su lenguaje a la conciencia, de que: en algún lugar estamos, de vez en cuando en nosotros mismos, sólo a veces crudos de plena desnudez, y que, sobre todo, rara vez somos…
…ese que no terminaremos de definir, ni dibujando formas o agrupando palabras o a lomo del boicot auxiliador de los otros que nos devuelven tantos otros...
...rara vez somos porque nunca terminamos de estar dispuestos a contemplar abriendo estremecidos nuestra propia cavitud inacabable donde Todo puede entrar, transformándonos irremediablemente, sucediéndonos en otro nacibundo de siempre o el mismo desconocido de nunca antes, y que, además, como si fuera poco, seremos ese. Ese que de allí en más, haciendo uso de una voluntad sin lastre ni gratitud, usará tan poco pulso para garabatear lo que fuimos, y, destronándonos; encima trazará al detalle, invisibles una vez más, sus Ansias nuevas.
...rara vez somos porque nunca terminamos de estar dispuestos a contemplar abriendo estremecidos nuestra propia cavitud inacabable donde Todo puede entrar, transformándonos irremediablemente, sucediéndonos en otro nacibundo de siempre o el mismo desconocido de nunca antes, y que, además, como si fuera poco, seremos ese. Ese que de allí en más, haciendo uso de una voluntad sin lastre ni gratitud, usará tan poco pulso para garabatear lo que fuimos, y, destronándonos; encima trazará al detalle, invisibles una vez más, sus Ansias nuevas.
2 comentarios:
y sobre todo, lo hacemos porque queremos hacernos ver...
que nos acepten, nos reconozcan y nos quieran
pero no siempre se consigue y volver a empezar.
sip... usté tiene razón...
el no hacerse ver e incluso entender lo poco beneficioso para el alma de los focos y bombos artificiales habla de lucidez, pero...
el volverse selecto y que esa humana necesidad de ser comprendido o reconocido sea volcada en aquellos dignos de compartirte, es un arte, un pulido difícil, un recorrido...
un volver a empezar consigo mismo;)
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