Y lo vio caer cuando se subió al ómnibus. Como cae un árbol
cuando lo talan de su raíz. Como cae un muerto sin peso y pesado a la vez. Como
si fuera una cáscara maciza, una enorme corteza sin sabia que no sabe como hacerse
aserrín. Lo vio caer desmoronado, le vio la cara, el cuerpo, era él, parado allí, en la mitad del pasillo, esperando que subiera solamente para mirarla y suicidarse; solemne o vengativo, caerse así,
sin rabia, como una ráfaga, sin que ella pudiera saber bien si era para vengarse o complacerla, ¿habrá algo más cruel?
Ella se detuvo ese segundo en el que lo vio y luego siguió,
se sentó a mitad de pasillo pero unos cuantos pasos después y eligió la ventanilla como siempre que podía lo hacía. Pensó que por fin había muerto, no sintió alivio sino tristeza y un sentir raro, indefinido. Con los brazos pesados y la mañana en la frente se acurrucó junto a la ventana: se le acongoja la cara, se le hinchan los ojos
y llora.
Recuerda, como enfilándolos, a los recortes del transcurrir
de la noche y la madrugada. Esos otros ojos, pequeños y rasgados, rasgados y demasiado
pequeños pero tremendamente tiernos precisamente por eso. Recuerda que se dejó seducir por ese otro, que
le gustó sonreír, que le gustó que le gustara; mirarlo fijo como adentrándose, así, sin
nada que pensar, sin excusarse en los diálogos, sentirse atraída dejarse atraer, jugar al gato y
al ratón siendo ambos a la vez.
Sabía bien qué balazo lo había hecho caer. Lo supo muerto y lo sintió vivo, tan vivo que se moría una y otra vez y no dejaba de morírsele ahí, en ese espacio vacío de donde lo vio al subir. Pensó que qué paradoja. Que ahora que estaba muerto volvía a estar cabalmente vivo y ya lo estaba pensando sólo a él, también a ellos dos cuando todavía se miraban sin besarse y se besaban con todo lo que podían hacer. Pensaba en lo que había pasado después; y todo lo que no pasó volvía a sucedérsele, atravesándola en el recuerdo como cuando pasa un tren por un puente, y todo vibra, sonora y prolongadamente, y la atención está concentrada en el transitar que pareciese que se destartala y no, y acapara por completo en su tensión.
Sabía bien qué balazo lo había hecho caer. Lo supo muerto y lo sintió vivo, tan vivo que se moría una y otra vez y no dejaba de morírsele ahí, en ese espacio vacío de donde lo vio al subir. Pensó que qué paradoja. Que ahora que estaba muerto volvía a estar cabalmente vivo y ya lo estaba pensando sólo a él, también a ellos dos cuando todavía se miraban sin besarse y se besaban con todo lo que podían hacer. Pensaba en lo que había pasado después; y todo lo que no pasó volvía a sucedérsele, atravesándola en el recuerdo como cuando pasa un tren por un puente, y todo vibra, sonora y prolongadamente, y la atención está concentrada en el transitar que pareciese que se destartala y no, y acapara por completo en su tensión.
A pesar de que a menudo es proscripta de la realidad, la
memoria recuerda la ilusión con mucha más claridad y nitidez, sabe que a la
verdad la pueblan más que nada ilusiones, que nos pasan rotundamente, nos
seducen y nos hacen hacer; y son esas fotos que nadie puede ver, ni siquiera nosotros, las que la
memoria se empeña en retener con un cuidado tan especial que parece que las cría.
Recordó que en el comienzo también se le había aparecido un
poco así, de golpe, inesperadamente, una noche mientras lloraba desnuda en el baño de su
casa; en su casa casi a oscuras y ella sentada en el bidet, llorando. Escuchó por
primera vez su voz serena, límpida, allí cuando su llanto caudaloso alcanzó su
plena desnudez. Y en su mudez, para que un otro que la esperaba desvestido en
su cama un poco desconcertado, -importándole un bledo su propio desconcierto y
su huída al baño- no la escuchara, más se le agigantaba el alma para hacer de
esa voz la única resonancia.
Recordaba como él lo nombraba para llenarle el
vacío, como la hizo sentir que ya habitaba su cuerpo, ese que en ese momento se le
rebelaba, al que a partir de allí sí le importaba profanarse, no dejarse invadir. Que él la llevó
de la mano hacia sí hasta que la animó a confesarse en voz alta que no había
nada más trascendental que el amor, que la asió a la esperanza que la llevó a prometerse
que si tenía la oportunidad de llenarse de él, se lo iba a permitir. Y así se
lo dijo esa noche, y mientras recordaba hacia así con la cabeza, como esa vez, con la entrega y la humildad que te da el dolor.
Y me lo permití se dijo, y al instante se admitió, bajando la
cabeza sin darse del todo cuenta ante su propia derrota: pero con tanta culpa y conflicto, y terror, que lo
escribí y poco después lo mandé borrar.
Lo mandó borrar ¿lo mandó borrar? ¿puede hacerse algo más triste?
No era tan asesina, sino más bien cobarde como para borrarlo yo misma pensaba: la única verdad que me permití escribir. Y levantó la cabeza como en un acto de resucitada dignidad, como queriendo decirse que sí se podría levantar del tremendo porrazo de su propia zancada, y de todas las patadas que en el suelo le cayeron después.
Lo mandó borrar ¿lo mandó borrar? ¿puede hacerse algo más triste?
No era tan asesina, sino más bien cobarde como para borrarlo yo misma pensaba: la única verdad que me permití escribir. Y levantó la cabeza como en un acto de resucitada dignidad, como queriendo decirse que sí se podría levantar del tremendo porrazo de su propia zancada, y de todas las patadas que en el suelo le cayeron después.
Sabiendo, como sabía, que a
toda verdad la llenan de escupitajos y mentiras -todos los que se violan a sí
mismos una y otra vez, ya casi sin dolor, enajenados- tuvo miedo. Y más miedo en su miedo y lo borró y se borró, y se dejó violar, callando, se dejó. Y le dolía y le dolía, pero la verdad sigue allí, ahora
sabe, sigue allí como todo lo indeleble, en todo tiempo, en todos lados.
Y Allí estaba ella, llorando con el corazón hecho cuerpo, con la cabeza apoyada en la ventanilla como pidiéndole a ésta, en el reflejo, una caricia. Mirando a través del cristal a un hombre caído, regurgitando alcohol echado en la vereda de una parada, una parada de ómnibus cualquiera con gente yendo algún lugar cualquiera también. Todos vomitamos y todos nos vamos, pensó. Vomitamos y nos vamos, menos el verdadero veneno, menos a donde realmente quisiéramos ir. Todos menos algunos que no conozco se dijo para sí. Quería creer que existen quienes pueden, quienes aprendieron a quitarse lo que le sobra -y no sólo por momentos- esos estorbos anclados con los que amortajamos nuestra manera de ser libres, que es en definitiva, nuestro propio misterio.
Y Allí estaba ella, llorando con el corazón hecho cuerpo, con la cabeza apoyada en la ventanilla como pidiéndole a ésta, en el reflejo, una caricia. Mirando a través del cristal a un hombre caído, regurgitando alcohol echado en la vereda de una parada, una parada de ómnibus cualquiera con gente yendo algún lugar cualquiera también. Todos vomitamos y todos nos vamos, pensó. Vomitamos y nos vamos, menos el verdadero veneno, menos a donde realmente quisiéramos ir. Todos menos algunos que no conozco se dijo para sí. Quería creer que existen quienes pueden, quienes aprendieron a quitarse lo que le sobra -y no sólo por momentos- esos estorbos anclados con los que amortajamos nuestra manera de ser libres, que es en definitiva, nuestro propio misterio.
Y ahí se dio cuenta, ya casi llegando a su casa se dio
cuenta, él la había engañado amablemente, o mejor dicho -y sonrío en su aclaración- le había leído los labios, y sordo a las blasfemias, no se había dejado
engañar tan fácilmente, no tan fácilmente como ella ansía serse engañada, creerlo muerto y olvidar.
Ella lo había retenido sí, había logrado tacharlo por un
rato, dibujarle arriba, pero mientras jugaba al olvido reforzaba la memoria. Otra
vez., como en aquella en la que lo había hecho voz, ahora lo había hecho cuerpo. Lo había azuzado, había atraído todo su
viento a la ceniza; y él resurgido la había despertado.
¿Resurgido al fingirlo muerto la había despertado? justo cuando estaba yéndose a su casa creyendo que ahora sí ya podría dormir.
¿Resurgido al fingirlo muerto la había despertado? justo cuando estaba yéndose a su casa creyendo que ahora sí ya podría dormir.
Vos te fuiste y él sigue conmigo! le gritó con rabia,
mirando al cuadro, cuando se tiró en la cama, desplomada, así, de la misma forma como lo había
visto caer hacía un rato nomás en el ómnibus a El amor; ese que llevaba la cara del que todavía extrañaba.
Y sus ojos
-que aún le brillaban con una luz aferrada a la tristeza en la que él la habitaba- se le entrecerraron suavemente para
liberar así las lágrimas.
4 comentarios:
"...sabe que a la verdad la pueblan más que nada ilusiones, que nos pasan rotundamente, nos seducen y nos hacen hacer; y son esas fotos que nadie puede ver, ni siquiera nosotros, las que la memoria se empeña en retener con un cuidado tan especial que parece que las cría."
Yo creo que aunque mas no sea fugazmente uno tiene acceso a ver esas fotos,pasa que también la memoria como buena selectiva que es,sabe cómo resguardarse lo que aún no nos pertenece...
P.D.:El final me estremeció,más al repasar lo que se siente contener ese hastío asfixiante del llanto contenido,ese llanto rehén de nuestra memoria herida...
TE DEJO UN MONTÓN DE BESOTES ESPOLVOREADOS :)
Como siempre pasa en tu escritos, se mezclan los géneros: relato, poesía y reflexión de corte filosófico. Vos ya tenés tu propia voz, tu propia tonalidad, y lo que emociona de tus textos son escenas y giros donde se asomo la espesura de tu desnudez esencial. La muchacha llorando en el bidet tiene una hermosura mansamente lluviosa, por ejemplo, y en un momento genera una extrañísima consolación. Te noto muy fiel a vos misma, y eso no tiene precio. Ni en el arte ni en el laberinto cotidiano. Hugo.
Gracias Gabu!
es verdad, el llanto contenido asfixia; por eso hay que lloverse que es la única forma de deshacer los nubarrones y volver a sonreír
besos y un abrazo grande pa ti mujer!
Gracias Hugo!
me dejaste sin palabras, de veras,
como un rayo de luz
Abrazo grande
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